“La verdad relacional es provisional y está abierta a revisión; no conduce a una nueva y mejor comprensión, sino a nuevas formas de comprender”
(Hoffman, 1983, 1998; Mitchell, 1993; Stern, 1983).
Entre mis lecturas veraniegas, he encontrado esta frase con la que resoné especialmente. Aparece en el libro Principles and Practices of Relational Psychotherapy de Rolf Holmqvist (2021, p.41), un texto absolutamente recomendable.
La fuerza de los autores citados ya da peso a la frase, pero lo que más me impresionó fue su capacidad para iluminar una diferencia fundamental: la tensión entre comprensión y comprender. Una distinción que atraviesa no solo la práctica clínica, sino también nuestra manera de pensar la psicoterapia —tanto desde la experiencia como pacientes como desde la labor profesional— y, en última instancia, la complejidad de la vida humana.
Comprensión y comprender: no es lo mismo
Aunque las palabras suenen parecidas, apuntan a dimensiones distintas:
Comprensión se refiere a un resultado: alcanzar una explicación clara y estable de lo que ocurre.
Comprender, en cambio, señala un proceso: un movimiento abierto y vivo, que no se cierra en una sola verdad, sino que invita a nuevas miradas y preguntas.
Las terapias centradas en la comprensión buscan ofrecer explicaciones consistentes y compartidas. El foco está en descubrir “la verdad” del sufrimiento (si es que algo así existiera). Su meta es llegar al momento del “ahora entiendo lo que me pasa”, lo cual aporta estabilidad, contención y sentido. Esto es valioso y necesario. Sin embargo, también encierra un riesgo: cuando la explicación se convierte en una definición cerrada, puede atrapar al paciente en una tautología. Por ejemplo: “me lavo las manos porque tengo TOC, y tengo TOC porque me lavo las manos”. El autoconcepto queda entonces reducido a una etiqueta de difícil escape.
A mi entender algunos enfoques que se acercan a esta orientación serían:
El psicoanálisis clásico y otros modelos psicodinámicos ortodoxos, que interpretan síntomas como expresión de conflictos inconscientes y buscan un insight como verdad revelada.
Las terapias cognitivo-conductuales (al menos hasta la segunda generación), que explican cómo los pensamientos influyen en emociones y conductas, y corrigen distorsiones.
En general, cualquier modelo categorial vinculado al paradigma médico-psiquiátrico, o al enfoque de los tratamientos psicológicos, edificados sobre diagnósticos y clasificaciones.
En el otro polo encontramos las terapias que ponen el acento en el comprender como proceso. Aquí no se trata de llegar a una verdad definitiva, sino de abrir caminos de significación generalmente co-construidos en la relación terapeuta-cliente.
Lo valioso no es un insight único, sino la posibilidad de decir: “puedo mirar mi vida de otra forma”. Este tipo de terapias implican al paciente en un trabajo de resignificación constante, desde el que construir alternativas a su devenir. Es el estilo de psicoterapia que tantas veces vemos reflejado en series y películas (como Los Soprano, El indomable Will Hunting o En terapia). El “lado B” de esta orientación es que puede generar incertidumbre, exigir un esfuerzo emocional sostenido y tener un coste subjetivo alto. Aun así, abre un espacio fértil para el cambio.
Algunos enfoques vinculados a esta perspectiva son:
Las psicoterapias relacionales, donde la verdad se co-construye en el vínculo y siempre es provisional.
La terapia sistémica, que entiende los síntomas dentro de patrones de interacción y trabaja con múltiples perspectivas.
Las propuestas narrativas y constructivistas, que ayudan a revisar los relatos que sostienen el malestar y a generar nuevas historias posibles.
Complejidad: la tensión entre comprensión y comprender en el proceso psicoterapéutico
Aquí es inevitable pensar en la teoría de la complejidad. Como recuerda Edgar Morin (2000), el pensamiento complejo nos invita a escapar de las explicaciones únicas y a sostener la paradoja de lo contradictorio, lo cambiante y lo plural. En clínica, y especialmente cuando los casos son complejos, se hace evidente que necesitamos ambos movimientos:
La comprensión, que ofrece mapas y anclajes compartidos, permitiendo contener, estabilizar, afrontar y aliviar.
El comprender, que mantiene abierta la posibilidad de nuevas lecturas y nuevas formas de estar con lo vivido. Una apertura que puede liberar o al menos aliviar el sufrimiento, comprometiendo al paciente con la tarea de seguir luchando, buscando espacios posibles donde desarrollarse.

La complejidad no nos pide elegir entre uno u otro, sino integrar ambos: comprensiones que sostengan y un comprender que mantenga viva la apertura a la vida. Por desgracia, no todos los profesionales tienen formación en ambas perspectivas, y a menudo se reduce la psicoterapia a una sola forma de intervenir. Recordemos, además, que en España la profesión de psicoterapeuta no está regulada: legalmente cualquiera puede ejercerla. Solo el psicólogo especialista en psicología clínica puede, por ley, tratar los casos graves, aunque no siempre cuenta con formación específica en psicoterapia. De ahí la importancia de elegir profesionales con sumo cuidado.
Conclusión: la verdad como proceso
La psicoterapia relacional, inspirada tanto en la intersubjetividad como en el pensamiento complejo, nos recuerda que la verdad no es un destino al que llegar, sino un camino en construcción. Algunos enfoques ponen más acento en la comprensión; otros, en el comprender. Pero en la práctica clínica —y más aún en los casos difíciles— necesitamos ambos: la estabilidad de un relato que ofrezca soluciones técnicas a los síntomas y la apertura de un proceso que invite a nuevas formas de mirar el mundo.
✍️ En Espacio Relacional creemos que acompañar procesos complejos exige habitar este doble movimiento: ofrecer comprensiones que sostengan y, al mismo tiempo, cultivar un comprender abierto que mantenga vivo el vínculo y el descubrimiento compartido.
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