La tragedia silenciosa de la psicoterapia: cuando el ruido gana a la competencia
Hace poco leía un hilo de Jonathan Shedler que ponía nombre a una incomodidad que muchos clínicos llevamos tiempo sintiendo sin del todo articular. Su argumento, resumido, es este: los clínicos serios trabajan en la sombra, dedicados a perfeccionar una pericia que no se demuestra en un reel de treinta segundos. Mientras tanto, los «influencers de la terapia» —cuyo verdadero talento no es la clínica sino el marketing digital y la autopromoción— ocupan todo el espacio público. El resultado es que la imagen social de «lo que es terapia» la están construyendo, en buena medida, personas cuya competencia central es venderse, no tratar.
Me parece una observación incómoda y, por desgracia, certera.
El desajuste entre visibilidad y competencia
Llevo años metido en la formación de residentes PIR, en el diseño de programas de supervisión y en la investigación sobre pericia clínica (clinical expertise) y práctica deliberada. Si algo enseña esa literatura —pienso en Tracey, Wampold, Goodyear, o en el propio recorrido de Chow y Miller— es que la competencia clínica real se construye despacio: con feedback correctivo, con supervisión honesta que señala los propios puntos ciegos, con miles de horas de exposición deliberada al fracaso terapéutico y su análisis. Nada de eso es fotogénico. Nada de eso cabe en un carrusel de Instagram con una frase entrecomillada sobre el apego.
La paradoja es cruel: los algoritmos de las plataformas premian exactamente las cualidades que, en clínica, no predicen buenos resultados —carisma expositivo, simplificación agresiva, promesas de transformación rápida— mientras que las variables que sí predicen buenos resultados —capacidad de establecer alianza terapéutica genuina, tolerancia a la incertidumbre, humildad epistémica ante la complejidad del caso— no generan ni un solo «me gusta».
No es solo un problema de imagen pública
Shedler señala, con razón, que el público pierde la capacidad de distinguir conocimiento de marketing. Pero yo añadiría una segunda capa, más preocupante todavía: también la están perdiendo algunos profesionales en formación, y hasta algunos ya colegiados. Cuando un residente PIR busca referentes y los algoritmos le devuelven sistemáticamente a quienes mejor venden y no a quienes mejor tratan, el criterio de autoridad se desplaza silenciosamente del rigor clínico al alcance en redes. Eso tiene consecuencias formativas reales: modelos de intervención simplificados hasta la caricatura, presentados con una seguridad que ninguna evidencia respalda, se convierten en el estándar implícito frente al cual los jóvenes clínicos miden su propia (legítima) incertidumbre.
Y aquí está quizás la parte más dolorosa del diagnóstico de Shedler: los profesionales que sí saben, que sí han hecho el trabajo lento de formarse con seriedad, tienden por temperamento y por ética a no disputar ese espacio. La prudencia epistémica —tan valiosa en la consulta— es una desventaja competitiva brutal en la economía de la atención.
¿Hay salida?
No creo que la respuesta sea que los clínicos serios se conviertan en influencers; sería resolver el problema reproduciéndolo. Pero sí creo que las instituciones formativas —colegios profesionales, programas PIR, sociedades científicas— tenemos una responsabilidad que hasta ahora hemos ejercido con poca convicción: hacer visible, de forma activa y no solo reactiva, dónde está el conocimiento validado y quién lo sostiene. No basta con lamentarnos del ruido; hay que construir señal, y eso implica ocupar espacio público sin ceder en rigor, algo que exige un tipo de comunicación que la formación clínica tradicional no enseña.
La alternativa —dejar que el mercado de la atención decida quién es «experto»— ya está teniendo el efecto que Shedler describe. Y, como él, me temo que a corto plazo va a empeorar antes de mejorar.
© Copyright (2026) Sergio Sánchez Reales
